La vivienda como espacio e imaginario socialmente construido de seguridad, de protección y de intimidad, constituye un anhelo constante para la mayoría de las personas, especialmente para aquellas que enfrentan condiciones materiales de vida deficitarias.

Durante siglos, “el techo” representó algo más que protección frente a las condiciones climáticas y las posibles agresiones externas; ha sido pensado como el ámbito por excelencia para el descanso, lugar del desarrollo de las familias y espacio sustraído a lo público, donde el ser y el quehacer pueden permitirse tomar formas propias.

Por centurias fue el espacio al que prioritariamente se relegó a las mujeres y donde ha transcurrido la mayor parte de sus vidas. Para unas, la vivienda constituyó un lugar de confinamiento, y para otras, el escenario por excelencia de realización personal y familiar. Para muchas significó seguridad, y para otras, zona de riesgo y violencia. La vivienda materializa varias dimensiones: lugar destinado para la reproducción biológica y social y a la vez ámbito del trabajo cotidiano. Es por esto que para las mujeres la vivienda tiene connotaciones económicas, sociales, afectivas y simbólicas. Las mujeres han hecho de la vivienda un instrumento de construcción y transformación del espacio donde concretan el anhelo de comodidad y protección. La han sentido suya sin que realmente les pertenezca, la han cuidado y adecuado convirtiéndola en una sus posesiones más preciadas.

Es quizás su trabajo el que ha aportado a la vivienda, al “hogar”, toda su carga simbólica positiva. Actualmente, sobre la relación existente entre las mujeres y la vivienda, podemos afirmar que comienza a acrecentarse un aspecto novedoso: las mujeres han dejado de verse a sí mismas como simples habitantes o como destinatarias de proyectos de vivienda, y han decidido asumirse como sujetas de derecho convirtiéndose en protagonistas principales de las mayores movilizaciones en torno a su exigibilidad. Así, en las circunstancias más disímiles y en los lugares más periféricos, las mujeres se han organizado para reclamar colectivamente una vivienda en condiciones adecuadas. En este sentido, reclamar un espacio apropiado en términos de derechos humanos, implica traspasar la noción de techo, para mirarlo en función de bienestar, de satisfacción de necesidades.

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