CLADEM Bolivia – El silencio es también una expresión de violencia, cuando lo ejercen como mecanismo de control, de castigo, de discriminación, de jerarquía, de inequidad. El silencio es capaz de estructurar la simbolización social, de aferrarse a patrones “ideales” de comportamiento, marcando así mente y cuerpos y los sentires de las mujeres a través de los sistemas educativos entre otros.

Por Teresa Arteaga

Después de vivir, escuchar, mirar, sentir, conocer desde mi ser femenino, cada vez quedo más convencida que el factor riesgo es: ser Mujer. Factor riesgo que se manifiesta en las relaciones cotidianas, de pareja, de maternidad, de trabajo, políticas, económicas; todas ellas transversalizadas por una posición patriarcal y evidentemente colonial que se estructura a través de la dominación y explotación; dominación que también se hace carne en el control que fácilmente deriva en el ejercicio de la violencia.

Controlar y ser controladas. Controlar espacios de poder, cuerpos, voces, decisiones, saberes, conocimientos; dominación que genera obediencia pero también fantásticas y dolorosas resistencias, que ofrecen luchas micros y macros, internas y externas que las enarbolamos todos los días, cuando por ejemplo decimos ¡Basta! o cuando se toman las calles buscando reivindicaciones vinculadas a los Derechos Humanos y específicamente a los Derechos de las Mujeres.

Gabriela Bernal nos dice que “no hay violencia más maquillada, más sutil y perversa que la enseñanza del miedo”, miedo que va de la mano con la opresión, con la obediencia, con la resignación pero que también es una posibilidad de transgresión, ya que no hay nada más inquietante que tomar conciencia del vivir atemorizadas, calladas, quietas, controladas.

Estas vivencias, no solo se estructuran en lo cotidiano, sino que alarmantemente se transforman en instituciones sociales, desde la familia, en el ámbito privado, hasta las del ámbito público como la escuela, las iglesias e instituciones del Estado; se transforman también en normativas, en leyes, que marcan planes, programas, acciones, reformas impulsadas por los mismos Estados, que aceptan y luchan en las letras por la igualdad y equidad, pero que en la practica se resisten, niegan y silencian.

El silencio es también otra expresión de violencia, cuando lo ejercen como mecanismo de control, de castigo, de discriminación, de jerarquía, de inequidad. Silencio al interior de los hogares, silencio en las comunidades pero también la respuesta silenciosa de los tomadores de decisión, de los operadores, quienes son los encargados de preservar las estructuras, oponiéndose a reformas y acciones que actúan en pro de los Derechos de las Mujeres, negando que estas realidades existen, negando la diversidad y buscando parámetros homogenizantes. Es un silencio capaz de estructurar la simbolización social, capaz de aferrarse a patrones “ideales” de comportamiento, marcando así las mentes, los cuerpos y los sentires de las mujeres a través de los sistemas educativos, de salud, judiciales y otros.

Tras la colonialidad y el patriarcado y sus dispositivos de regulación y normalización, existe la posibilidad de la resistencia, del cambio de los ordenes, de la deconstrucción, de la destrucción y de la construcción renovadora, de nuevas miradas diversas, múltiples, capaces de no reducir la existencia a ordenes binarios sino de construir desde la diferencia.